miércoles, 12 de agosto de 2026

SIETE ESTACIONES PARA HABLAR DE AMOR

Hay obras que se disfrutan con una sonrisa casi permanente y que, sin embargo, cuando terminan dejan resonando preguntas incómodas. Siete estaciones para hablar de amor, de Victoria Hladilo, es una de ellas: una comedia deliciosa, de gran frescura, que habla del deseo, las diferencias de clase y la posibilidad de amar por fuera de los lugares que la sociedad asigna.

En el Buenos Aires de comienzos del siglo XX, una pareja de terratenientes recibe en su mundo acomodado a Pablo, un trabajador rural. Lo que empieza como un gesto de aparente generosidad hacia alguien de otra condición social pronto modifica la rutina de ambos. Con sus canciones, sus ocurrencias y una vitalidad que contrasta con la monotonía de la pareja, Pablo se vuelve indispensable.

Entre el trigo y el cemento, entre los privilegios y las carencias, se construye una amistad que lentamente adquiere otra dimensión. El amor aparece entonces como aquello que nadie había previsto y que, justamente por eso, resulta imposible de controlar. La dramaturgia de Hladilo, inspirada en el cuento “Del amor” de Antón Chéjov, desarrolla el conflicto con inteligencia y un humor que nunca oculta la tensión social que atraviesa a los personajes.

Carlos Belloso, Laura Nevole y Manuel Vignau sostienen un triángulo de enorme riqueza. Hay complicidad, deseo, celos, ternura y contradicciones en un vínculo que se transforma frente a nuestros ojos. El trabajo actoral es uno de los grandes aciertos de la puesta y encuentra en la dirección de Hladilo un equilibrio preciso entre comedia y emoción.

La estética contribuye decisivamente a la construcción de ese mundo. La escenografía de Celeste Etcheverry, realizada por Taller Núñez, junto con el vestuario de Gabriella Gerdelics, la iluminación de Ricardo Sica y la música original de Tony Abadi, recrean la época sin caer en una reconstrucción meramente decorativa. Los elementos escénicos funcionan como parte activa de la narración y acompañan el desplazamiento de los personajes desde las convenciones hacia el deseo.

La ambientación sonora de Nicolás Benaghi e Ignacio Viano, el maquillaje de Inés Parriñello y el trabajo visual completan una puesta cuidada en cada detalle. Todo parece responder a una misma premisa: construir un espacio donde lo cotidiano pueda transformarse lentamente en algo inesperado.

Ganadora del Premio Argentores 2023 – Concurso Nacional para Egresados de Carreras de Dramaturgia de Escuelas Públicas, Siete estaciones para hablar de amor confirma la potencia de una dramaturgia que sabe combinar entretenimiento y profundidad.

Una obra cálida, sensual, divertida y conmovedora, que consigue algo nada sencillo: hablar del amor sin solemnidad y de las diferencias sociales sin convertirlas en discurso. Una verdadera delicia teatral que deja, al salir de la sala, la sensación de haber asistido a una historia sencilla y, al mismo tiempo, profundamente reveladora.



EL CIELO EN UNA HABITACIÓN

 En la intimidad de La Gloria. Espacio Teatral, El cielo en una habitación construye una pequeña arquitectura de deseos, silencios y fantasías. La obra de Sonia Novello propone dos relatos que avanzan en paralelo hasta encontrar un territorio común: el de aquello que imaginamos que podría ser el amor y aquello que finalmente conseguimos nombrar.

Por un lado, un hombre, encerrado en su habitación, cuenta que una vez más ha encontrado a una mujer posible. Por otro, una mujer ordena meticulosamente el guardarropas de la señora para quien trabaja. Blusas, vestidos y faldas aparecen ante ella como restos de otras vidas, como cuerpos ausentes que permiten imaginar quiénes fueron —o quiénes podrían haber sido— esas mujeres que habitaron cada prenda.

La puesta encuentra precisamente en esa doble mirada su mayor riqueza. El espacio doméstico deja de ser simplemente un lugar y se convierte en un territorio mental, donde los objetos, los cuerpos y las palabras adquieren una dimensión simbólica. La habitación del hombre y el guardarropas de la mujer funcionan como pequeños universos cerrados desde los cuales ambos personajes intentan aproximarse al deseo.

La estética de la obra es despojada y delicada. No necesita grandes artificios: los cuerpos, los objetos y la palabra construyen una atmósfera íntima, casi suspendida, donde realidad y fantasía se contaminan lentamente. El trabajo de Luis Millicay y Analía Sánchez sostiene esa tensión con actuaciones contenidas, atentas a los silencios y a aquello que permanece apenas insinuado.

La dirección de Claudia Mac Auliffe y Sonia Novello acompaña esa poética con una mirada precisa, evitando subrayar los sentidos y dejando que el espectador complete aquello que los personajes no pueden —o no quieren— decir.

El cielo en una habitación es, en definitiva, una pieza breve pero de resonancias profundas. Una obra sobre el deseo cuando se vuelve relato, sobre las vidas posibles que imaginamos y sobre esas habitaciones interiores donde seguimos buscando, entre prendas, recuerdos y palabras, alguna forma de amor.


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